Historia de un Chungungo

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Era una mañana cálida, en los primeros días del tercer mes del año del nuevo siglo, al término del tráfago veraniego en Maitencillo. Mientras el balneario volvía a su quietud, me encontraba muy alegre por haber emprendido por vez primera un proyecto de playa, al que había bautizado como “Multicancha de Arena El Chungungo”. Mi observación permanente de ese maravilloso mamífero marino, que habita desde tiempos remotos los roqueríos del balneario, hizo que no dudara para que este incipiente proyecto de desarrollo costero y deportivo llevase su nombre. Esa mañana, un buen vecino, al rescatar a un pequeño chungungo moribundo de que fuese muerto por las gaviotas que ya le habían abierto el cuero de su cabeza, recordó que había escuchado de alguien que hablaba de chungungos en una playa cercana. Al llamarme, no olvido su relato: “tu tienes un criadero de chungungos en la playa”. ¿Por qué?, le pregunté asombrado. “Es que encontré uno moribundo y tú los conoces bien”. No dudé un minuto, así es que corrí al lugar y recibí a “Chunguito” en mis brazos. Estaba inmóvil, casi muerto, con menos de un mes de vida. Inicié entonces una dura lucha por su vida, sin mayor conocimiento, con sólo un computador y un teléfono, mientras él se moría bajo del cubrecama de mi pieza.

Desesperado, luego de decenas de llamadas y conferencias virtuales, buscando veterinarios especializados, biólogos y mamantólogos, encontré primero a Jurgen Rotmann y luego a Gonzalo Medina, quienes me proporcionaron las primeras lecciones y también malos presagios por la viabilidad de “Chunguito”, atendida su corta edad, el abandono de su madre, sus infecciones y su lesión maxilar, todo lo cual presentaba un cuadro muy desalentador. Un gran amigo veterinario de Puchuncavíí, Enrique Neumann, quien confesó que jamás había conocido un chungungo, me visitó con frecuencia para ayudar y conocer la evolución de las heridas infectadas de “Chunguito”.

Ya tenía claro a estas alturas que estaba frente a un lactante, con un metabolismo increíble, lo que obligaba a cuatro papas diarias. Nunca olvidaré como calentaba en un recipiente de greda media taza de leche con una cucharada de mantequilla, así como en una pera de sacamoco, que apareció en un cajón olvidado de la casa, iniciaba la alimentación de “Chunguito”. Este parecía agradecido a medida que sus signos vitales y movilidad aumentaban. Mi felicidad también prendía. ¿Sería capaz de salvarlo?. Todo era una vorágine. Corría al teléfono, volvía donde el pequeño enfermo, mientras que Anita venía llena de remedios y, haciendo el puente de salvación para “Chunguito”, me decía: “ésta gota cada dos horas, las otras una vez al día, el azul de metileno….éste y lo otro”, todo lo cual absorbía todo mi tiempo y energías. Sin pensarlo, y en días todavía inciertos, estaba totalmente dedicado a recuperar a “Chunguito”. En tanto, todos me decían: “es muy difícil, no te hagas esperanzas, sin la madre no puede vivir”. Pero algo dentro de mi, al contemplarlo absorto mientras dormía esas primeras noches, me decía que sí podía. “Chunguito” parecía, por su parte, querer gritar “quiero vivir”.

Corre el mes de abril, y gracias a sus múltiples médicos y cuidados, “Chunguito” empieza a sanar lentamente. Hemos desbloqueado su nariz en base a vaselina líquida, su herida en la cabeza se seca con rapidez, producto de unos spray que le aplica el veterinario Neumann. Comenzamos a llevar a “Chunguito” a la poza de mar frente a mi casa, donde disfruta de su medio ambiente con toda naturalidad. Sólo nos queda manipular sus dientes permanentes que ya asoman, de tal manera que tomen la posición para una correcta mordida. Se le hacen masajes diarios, después de alimentarlo con su mamadera de leche.

Estamos felices con “Chunguito”. Ha sobrevivido al abandono y a sus heridas. El nos irradia con su vitalidad. Sus movimientos empiezan a ser cada día más veloces y su instinto depredador asoma. Ahora está preparado para una vida independiente. Sano y vital, baja todos los días desde la casa al mar. Y, de varias madrigueras, elige vivir en una cueva natural del cerro de mi casa. Lo veo cruzar a diario la Avenida del Mar (costanera del balneario con gran circulación) y me desespera la posibilidad de verlo arrollado por un vehículo. Pero, curiosamente, él nos muestra su fina inteligencia: oteando desde la orilla del camino, cruza durante meses la vía, salvando siempre su integridad. Eso no basta y, entre los que nos visitan, surgen las recomendaciones para proteger a “Chunguito” del camino. Cristián González, cameraman profesional, trae hasta Maitencillo un letrero caminero, oficial, de la Dirección del Tránsito de Santiago, donde aparece la silueta de una pequeña nutria y una leyenda más abajo dice “Precaución, cruce de nutria”. Estamos contentos, porque los vehículos toman especial precaución en la zona señalada.

“Chunguito” hace la felicidad de cuantos se detienen a verlo. Abuelitos, papas y niños disfrutan de su presencia, recabando información acerca de su naturaleza y comportamiento. Están conociendo a este mamífero, del cual en el mejor de los casos han escuchado hablar, pero que nunca vieron antes y desconocen el hecho de que habitan desde siempre nuestro borde costero, en especial en lugares con rocas secas donde establecer sus madrigueras, su ultimo refugio.

Nuestro amigo crece y se desarrolla. Estamos en presencia de un macho adulto, fuerte e independiente. Tanto es así que puedo verlo desde mi ventana cómo es visitado a diario por una chungunguita. Ambos juegan y se desplazan entre huiros y rocas con sus habilidades tan particulares. No cabe duda que se aparearan. Y, en mi rol de padre, estoy emocionado. En efecto, se pierde durante todo un día y medio, al cabo del cual aparece cansado y hambriento. Se alimenta y duerme varias horas. Obviamente, se cruzó con “Chunguita”. Sueño con verlos irse un día para formar una familia; tal vez cerca de mis rocas para de alguna manera seguir protegiéndolos. Lo cierto, es que sólo serían mis sueños.

Llegaron los días aciagos de octubre. Luego de un activo fin de semana, en la madrugada de un día lunes, “Chunguito” no aparece en la rutina diaria. Dejo pasar unos minutos hasta que salgo determinado:¡algo le pasó a “Chunguito”!. Caminé primero por las rocas llamándolo en su idioma que había aprendido durante tan maravillosa convivencia. Mis pasos toman el ritmo de mi desesperación. Por horas lo busco angustiado, recorriendo todo el área sur del balneario. Es ya hora de almuerzo y nadie lo ha visto. Pregunto si se han visto perros en el sector o si ha habido algún atropello. Pero nada.

Agudizo mi indagatoria en la tarde hasta que alguien me da una luz: “hay un tipo cerca de aquí que ha cazado chungungos”. No lo puedo creer y me conmuevo al pensar de que podría haber un depredador tan cerca nuestro. Respiro profundo y me dirijo al lugar señalado, donde lo encaro escondiendo mis sentimientos: “¿Hay muchas jaibas por estas rocas?”, lo interrogo. El sólo asiente con su cabeza, por lo que vuelvo a preguntarle: “¿Amigo hay unos animalitos con una piel preciosa que viven por aquí?”. Si, me dice con toda naturalidad, “en la mañana descuere a uno….”. Casi me muero allí mismo y con mucha dificultad logro preguntarle de nuevo: “¿Qué hizo con el cuerpo?”. Ahora sólo me queda mirando, tal vez sospechando algo. En mi cabeza pasa de todo; hasta pienso golpearlo, pero reflexiono por unos segundos y me retiro del lugar.

En el camino de regreso todo es confuso. Me repito una y otra vez: ¡animal, cómo pudiste matar esta historia de amor y de entrega sin igual!. A la noche, casi no dormí, pues las imágenes de “Chunguito” se sucedían una y otra vez y pensaba cómo no volver a mirarlo; a verlo jugar con la “Coipa”, mi perra pastora que con gran celo lo protegía de otros perros; no escuchar su canto de amor, que me brindaba al acariciarlo desde tan pequeño. Mis amigos, créanme, mi alma quedó destrozada después de nueve meses de un sueño hecho realidad. Yo estaba preparado para verlo regresar a su vida en el mar, incluso a que fuera arrollado por un auto en el camino. Pero, por Dios, no de esta manera. No así. Denunciado ante la autoridad, al depredador le fue requisada la piel de su domicilio. Esta se encontraba estirada en un panel de madera, tratada con piedra lumbre, lista para su proceso de secado. Y, éste fue el fin de “Chunguito”. Al escribir estas líneas, se me vuelve a apretar el corazón. Quisiera que todo aquél que las lea pueda saber que esta maravillosa nutria del mar que habita entre nosotros desde siempre en riesgo evidente de extinguirse y que sólo de nosotros depende que los hijos de nuestros hijos puedan llegar a conocerla. Por eso, mi clamor es ¡PROTEJAMOS Y DEFENDAMOS LOS CHUNGUNGOS QUE AUN VIVEN EN LAS COSTAS CHILENAS y valoremos los ecosistemas del Borde Costero!

A partir de esta historia surge el “GRUPO DE ACCIÓN ECOLÓGICA CHINCHIMÉN” EL 8 DE DICIEMBRE DEL AÑO 2001, DESDE LA SOCIEDAD CIVIL Y PARA TODA LA COMUNIDAD

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